miércoles, 10 de agosto de 2016
One of my favorite jazz pieces, it is hard not to stop whatever you are doing, close your eyes and drown in that trumpet that slowly fills your senses with that wet explosion of feelings from old times, the reborn of a 4 minutes universe where time stretches indefinitely and the space shrinks enough so I can be there, smelling the cigarettes and watching those dim lights engulf the mass of moving feet and heads, some smiling, looking back at their past, motionless, melancholy flowing from the touch of a hand on a table, and Davis in the corner of my room dying again in that last note of ecstasy.
Feeling great about this year. Lots of plans and dreams about to start :D, Most of the people are waiting for something: waiting for their favorite TV show, waiting for the bus, waiting to get out of work, waiting for the weekend to come, waiting for vacations, waiting to have enough money, waiting to finish University, waiting for a raise, waiting for better weather, waiting for the pain to go away, waiting for someone else, waiting to see if things change a bit and spend without noticing their entire life waiting. It is good to have plans, but life happens while you wait for them. The other day while I was waiting for the bus saw the most amazing cloud slowly passing by, as anywhere in the whole sky was the perfect place for it to be.
Postulado de la atracción circunferencial de cuerpos porcelanicos en movimiento:
Los platos por su tendencia a la redondez han estado secretamente enamorados de la tierra por siglos, que circunferencialmente trata de abrazar a estos primeros por cuestiones gravitatorias evidentes, pasando irremediablemente a la separatez con un eructo porcelanico, con un volcar de sobras irregulares sobre superficies perpendiculares a texturas ásperas. Un todo, a todo en un solo lugar; trayectorias aleatorias que se cruzan explosivamente con las cosas, con el pie que distraído ha besado sin querer lo que alguna vez fue destinado a la mano. Todo tan perfecto, tan arte empírico con mensajes de pasión desparramados en su expresión ultima, alcance final de su viaje a el encierro plástico inevitable. Y la rigidez azul que con arañazos regulares arranca la esperanza albergada en la inmovilidad artificial, volver a lo primero, a subir de nuevo y esperar que la tierra no lo deje de querer.
Que volví a quebrar un plato pues, eso. Sí, yo le compro otro.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Sales de un café y caminas por la calle. Andas. Te pierdes en los trazos que forman el suelo y el vaho que exhalas. Hace frío. Te detienes en la esquina, mirando las luces nítidas del cruce. Metes las manos en los bolsillos tratando de encontrar un poco de calor. No lo encuentras. Miras a la gente caminando por la calle, toda igual, toda con cara de prisa. Hace frío. En la próxima cuadra doblas la calle. Con suerte y te cabe en la cartera. Te acercas a la esquina pero te detienes a 23.7 pasos de distancia. 45% de la gente que conoces cree que calculas demasiado. Hay 67% de probabilidad de que sea cierto. No te importa. Miras tu zapato, ese que se niega a quedarse de brazos cruzados. Lo atas. Te levantas, viras hacia atrás, te cambias de mano el maletín y te ajustas la chaqueta. Sigues caminando. Giras a la derecha y miras el reloj. Sonríes. Te das cuenta que ya creciste.
sábado, 16 de mayo de 2015
Me miro las manos.
Hay
días en los que me miro las manos, pensativo, imaginando lo que será de ellas
en unos años, en todo lo que habrán tocado, las caricias que habrán dado, los
aplausos merecidos a talentosos con manos artísticas contorsionándose en símbolos
de exaltación, esas manos que construyen todo lo que alguna vez imagine cierto.
Me toco la cara, los ojos, la punta de las ideas y todo lo otro que desaparece
apenas escapa mi alcance. Me miro las manos y pienso que 25 años es poco, que
no he tocado lo suficiente, que el tiempo pasa como arena entre mis dedos y que
la historia más grandiosa está escrita en sus pliegues expresivos como el
rastro de una sonrisa serena. Quien las hubiera imaginado así, asidas tan fervientemente
a lo que creen perecedero, intentando retener la corriente de recuerdos que
desaparecen tan pronto como llegan. Y una necesidad de tocarlo todo, de reconocerlo
primero con los ojos de las manos y luego verlas tan quieta a veces, tan no
tuyas, haciendo por azar lo mismo que pensabas hacer. Me miro las manos y
pienso que 25 vueltas al sol no son nada, que he dado más vueltas con los
brazos extendidos, cerrando los ojos y sintiendo como el piso se eleva rápidamente
hacia tu cuerpo y las manos siempre ahí, deteniéndolo. Unas manos hechas para
sostener otras, para alcanzar eso que olvidamos en el estante más alto de la
vida, para hacer un barquito de papel y dejar que se vaya con la corriente de
la primera lluvia de la infancia. Me miro las manos y pienso que un cuarto de
siglo no es nada y las entrelazo en mi regazo, pensando que un día podrán recorrer
satisfechas el trabajo de toda una vida
jueves, 2 de abril de 2015
Lo que no se puede decir
Tantas cosas que decir, tantas posibilidades,
pero no, mejor callar y disimular las ganas de tocar al otro con una pregunta inútil,
último recurso en la batalla perdida, en la guerra que se esta perdiendo. Podría
todo ser distinto, un acercamiento a lo otro, a lo inesperado, donde la
espontaneidad son guiños de libertad, de complicidad detrás de algún monitor.
Pero nada cambia, marcamos la misma ruta de siempre, resignados, exhaustos y
siempre igual, un detenerse a mitad de la escalera, un tararear algo para
llenar el silencio y todo eso que no podemos decir.
sábado, 28 de marzo de 2015
Chan Chan
Y a veces me llegan recuerdos de otros lugares y tiempos y hay que escribirlos, no por gusto: por necesidad. Y aunque podría simplemente no publicarlos, sería no respetar la memoria de las personas que los inspiraron:
Fue uno de eso días en que estamos tan perdidos en nosotros mismos que cualquier cosa nos encuentra (en una esquina, en el autobús, en el subway) y nos pega, de frente y contundentemente que nos deja por unos instantes fuera de todo, nos arrastra y ahoga para revivir después en el mundo arte, deformando la realidad, colándola a través de unas líneas amarillas en el piso. Me lo encontré al salir del trabajo, cuando el invierno ya se asomaba y te acariciaba las mejillas, la nariz, las orejas con manos heladas que te desnudaban sin más. Todos hechos gabardinas y guantes de cuero. Había sido un mal día, o al menos eso creía: la gente absorbe el ánimo del clima, pero los latinos son pequeños soles que autogeneran su energía en donde estén: sus países son tan calientes que les sobra el calor y les falta el dinero para el resto de sus vidas. O al menos lo creen.
.
En las ciudades grandes los únicos que dan al cielo son los rascacielos, todo lo demás mira al piso, viéndose los zapatos y la vida, esa que tuvieron y la que persiguen tomando café que viene de sus tierras y se los escupen en la cara que después se limpian con dólares: es la única manera de quitarse la vergüenza. Y entonces ocurre, sin esperártelo: dos soles se encuentran sin buscarse y por gravedad, sin más, se atraen mutuamente e inútil resistirse, que ya uno girará en torno del otro en una danza latina, como bailando salsa, que no se puede detener.
.
Él me abofeteó con varios acordes y yo con un reflejo de su vida, esa que tantos años atrás había cambiado por mujeres que lo amamantaban con dólares y modernidad; lo que no supo es que la cuenta, como el pito, le iba creciendo. Con el frío todo te cuesta más caro, hasta los amigos. El colapso entonces era inevitable: yo un paso, él un mi, yo una sonrisa con un do en el medio, un mover la cabeza con el fa, un sacar la moneda del bolsillo con el si y un reconocimiento al fin con el sol: yo también Español. Y yo ya no era: mis dedos transformados en mazorcas, mis palabras derramaban frutas tropicales y lugares cálidos, un encuentro de manos, de tierra y trabajo, de sueños y esperanzas: las estrellas se habían encontrado. Ahora es diferente, el nuevo espacio formado nos envuelve y el tiempo pasa distinto, sin prisa, quedándose a escuchar un rato. Es el lugar perfecto para ver la vida correr, arremolinarse, con su cara de preocupación, su muñeca de tiempo y su cuerpo de metal, vómito de infelicidad que fluye, que camina hacia el fondo con la tierra acumulándoseles sobre los hombros y pobres, ni si quiera se dan cuenta del brillo que tienen en frente, proveniente del cataclismo. Y muriéndose de obscuridad.
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¿Un trabajo?, si, ¿una historia?, también, ¿un mismo lugar?, aun mejor: su guitarra se vuelve maíz y su boca aguacate, chiles y cebolla. Un grito atraviesa el subterráneo y solo nosotros lo entendemos, reímos, seguimos hablando y, sobre todo, cantamos. El nuevo universo sigue expandiéndose pero ya no somos nosotros ni estamos ahí: nos convertimos en el cielo y seguimos cantando, cantándole al río, al vómito de metal y vivimos. Supimos que aquello si era vivir.
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En las ciudades grandes los únicos que dan al cielo son los rascacielos, todo lo demás mira al piso, viéndose los zapatos y la vida, esa que tuvieron y la que persiguen tomando café que viene de sus tierras y se los escupen en la cara que después se limpian con dólares: es la única manera de quitarse la vergüenza. Y entonces ocurre, sin esperártelo: dos soles se encuentran sin buscarse y por gravedad, sin más, se atraen mutuamente e inútil resistirse, que ya uno girará en torno del otro en una danza latina, como bailando salsa, que no se puede detener.
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Él me abofeteó con varios acordes y yo con un reflejo de su vida, esa que tantos años atrás había cambiado por mujeres que lo amamantaban con dólares y modernidad; lo que no supo es que la cuenta, como el pito, le iba creciendo. Con el frío todo te cuesta más caro, hasta los amigos. El colapso entonces era inevitable: yo un paso, él un mi, yo una sonrisa con un do en el medio, un mover la cabeza con el fa, un sacar la moneda del bolsillo con el si y un reconocimiento al fin con el sol: yo también Español. Y yo ya no era: mis dedos transformados en mazorcas, mis palabras derramaban frutas tropicales y lugares cálidos, un encuentro de manos, de tierra y trabajo, de sueños y esperanzas: las estrellas se habían encontrado. Ahora es diferente, el nuevo espacio formado nos envuelve y el tiempo pasa distinto, sin prisa, quedándose a escuchar un rato. Es el lugar perfecto para ver la vida correr, arremolinarse, con su cara de preocupación, su muñeca de tiempo y su cuerpo de metal, vómito de infelicidad que fluye, que camina hacia el fondo con la tierra acumulándoseles sobre los hombros y pobres, ni si quiera se dan cuenta del brillo que tienen en frente, proveniente del cataclismo. Y muriéndose de obscuridad.
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¿Un trabajo?, si, ¿una historia?, también, ¿un mismo lugar?, aun mejor: su guitarra se vuelve maíz y su boca aguacate, chiles y cebolla. Un grito atraviesa el subterráneo y solo nosotros lo entendemos, reímos, seguimos hablando y, sobre todo, cantamos. El nuevo universo sigue expandiéndose pero ya no somos nosotros ni estamos ahí: nos convertimos en el cielo y seguimos cantando, cantándole al río, al vómito de metal y vivimos. Supimos que aquello si era vivir.
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